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EL MAESTRO, LOS SUEÑOS Y LAS TRUFAS

El maestro y los sueños.

Un día  de invierno  en un pueblo del Pirineo Oscense, salió el maestro  a dar un paseo antes que cayera la noche. A los pocos minutos  encontró  al  señor Joaquín que  regresaba  del monte.  

El profesor,  le pregunto. ¿A sus años y aun tiene fuerzas para  salir al campo? 

Joaquín, lo miro y  contesto.  Si no fuera a por trufas no andaría más de 4 pasos al día.

Joaquín,  parecía  cansado después de más de 8 horas de andar  por la sierra, llevaba  las ropas húmedas y portaba  un pobre premio después de una jornada  de esfuerzo.

El hombre mayor, le explico:

Esto de salir a buscar trufa, ya no es lo que era. ¡No hay leche para tanta vaca ¡  Llevo  50 años haciendo lo mismo, a  mi edad que otra cosa uno puede hacer. Hasta los sueños se han borrado de mi cabeza, no tengo  familia y los días pasan sin más aliciente que al despertar ver a mi perra como sacude el rabo esperando a que me vista para salir al campo a por trufas. El señor – miro al profesor de nuevo –  saco unas trufas de su morral,   y le dijo.  ¿Estas, son para usted?  Y acto seguido,  salió hacia su casa para buscar el calor del hogar, cambiar las ropas y tomar algo caliente.

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El maestro,  cogió las trufas entre sus manos y olio los magníficos ejemplares  que le acaban de regalar.  Así, sus manos quedaron impregnadas al igual que su nariz de ese enigmático aroma que emite la trufa negra. Después de varios segundos, volvió a dejarse seducir por el olor de las trufas  y acto seguido  las guardo en su chaqueta. Prosiguió su paseo pero las palabras de Joaquín, no lo habían dejado indiferente, pues al llegar a casa se puso a pensar y reflexionar sobre lo que había querido decirle.

El maestro aquella noche apenas  durmió.  Al  día siguiente, tan pronto entraba un niño en la clase le decía, deja todo en tu  pupitre y ven  alrededor de mi mesa.  Así hasta que entraron todos.

El maestro la noche anterior había tenido un sueño y hoy  estaba dispuesto a dar una lección  a sus alumnos. 

Entonces el  maestro saco las trufas de su bolsillo y las puso sobre la mesa. Pregunto. ¿Sabéis que esto? Todos los niños proyectaron su mirada sobre la mesa  del profesor a la velocidad del rayo. Algunos de ellos se mostraban indiferentes pues  nunca antes habían visto una trufa y se quedaron pensativos de que podía ser aquellas bolas negras  envueltas con algo de tierra. Pocos segundos después el perfume  embriagador  de la trufa ya había llenado el espacio donde estaban  y parecía que los había hipnotizado a todos ellos pues  no dejaban  de  observarlas. Otros niños, si habían oído hablar en sus casas pero cuando preguntaban nunca les decían nada. Solo unos pocos si habían visto antes otras como aquellos  bonitos ejemplares de trufa negra de invierno.

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Acto seguido,  el profesor  pregunto de nuevo.  ¿Alguien me sabría decir, qué veis?  Uno por uno cada niño contesto. Algunos apuntaban algo negro que huele muy fuerte,  otros añadían una trufa, y otros continuaban permaneciendo asombrados por el olor, color y forma de aquellas bolas tan raras y a la vez mágicas.

El profesor totalmente convencido de querer dar una verdadera lección a sus alumnos, volvió a preguntarles;  decidme la verdad ¿Qué veis?  Y  entonces, se hizo un  silencio,  solo roto por el delicado perfume de la trufa.  Los niños se quedaron pensativos, dejaron de mirar la trufa y por unos segundos  se precipitaron en ver la cara del profesor. No sabían que estaba pasando ni  eran capaces de intuir que pretendía su profesor esa fría mañana de invierno.

El  niño más audaz de la clase, rompió el silencio y pregunto al profesor,  y usted.  ¿Que ve?  El maestro,  miro a los niños y les dijo.  Deberás queréis saber qué  es lo que yo veo cuando observo  estas maravillosas trufas.   Los niños contestaron al unisonó ¿Sí?

Parecía como si la clase y el aroma de la trufa se hubieran  integrado de tal manera que todos ellos estaban absortos por la sutil fragancia que emitían aquellas  trufas. Por un momento el pensamiento de los niños se quedo ausente y nadie recordaba   que en unos instantes  iban a descubrir el secreto  que guardaban aquellas trufas.

El tiempo parecía detenido y simulaba  como si un milagro estuviera  a punto de suceder. 

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Puente medieval de Capella sobre el rio Isábena

Al instante el maestro fijo la mirada en las trufas y respondió.   Veo  reforestar todos esos campos que fueron robados al bosque,  veo  florecer una  industria  ligada a la trufa, veo  llegar muchas gentes de otras ciudades y países a este pueblo, veo aumentar la biodiversidad de este  territorio, veo  mejorar la  renta en muchos hogares, veo renacer una verdadera cultura de la trufa, veo una sinergia de los productos locales con la trufa, veo un impulso económico en esta tierra deprimida, y por último añadió, veo  niños logrando sus sueños  gracias a  la trufa. 

Una vez termino el maestro de expresar lo que podía significar las trufas, miro a cada uno de los niños y les confesó. Algún día seréis mayores, no  dejéis que nadie robe vuestros sueños.

 

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