9 DE SEPTIEMBRE 2026 DÍA MUNDIAL DE LA AGRICULTURA

9 DE SEPTIEMBRE 2026 DÍA MUNDIAL DE LA AGRICULTURA

Cada 9 de septiembre se viene celebrando el Día Mundial de la Agricultura, una fecha que nos invita a reconocer y poner en valor el oficio de agricultor y a todas aquellas personas que dedican su vida a trabajar la tierra para obtener de ella alimentos saludables, buenos y sostenibles.

En este año 2026 quiero compartir con ustedes una pregunta:

¿Qué plato está cocinando la humanidad para construir una agricultura capaz de permitir que las próximas generaciones reciban un planeta habitable?

Los antiguos decían que, si quieres que alguien se enamore, debes llegar a su corazón pasando primero por el estómago. Pero ¿quién puede enamorarse hoy de una comida que, en muchas ocasiones, pretenden disfrazarnos de aquello que realmente no es?

La agricultura industrial, basada en la idea de un crecimiento ilimitado y sometida en demasiadas ocasiones al único principio del beneficio económico, sin asumir plenamente las responsabilidades derivadas del daño que ocasiona, está llevando al planeta hacia un camino cada vez más difícil de sostener.

Cardo rojo de Tarazona en nogada

La humanidad ha contribuido a crear el desastre climático y, precisamente por ello, solo la propia humanidad podrá revertirlo o, al menos, atenuarlo. Para conseguirlo tendremos que abrir los ojos al unísono y ayudar también a abrirlos a quienes todavía son escépticos, para comprender algo tan sencillo como fundamental:

La Tierra es limitada.

Si esperamos únicamente a que quienes tienen el poder y toman decisiones por todos nosotros abran los ojos, el desastre estará asegurado.

Personalmente, solo conozco una estrategia. Y si usted que me está leyendo conoce otra, compártala con quienes viven a su alrededor. Compártala con el mundo.

Esa estrategia es la educación.

Las cosas no cambian en un año ni en una década. El ser humano necesita entrar en una nueva dinámica de ser, de pensar y de vivir en la Tierra.

Y para ello debemos comenzar por nosotros mismos: primero, cambiando nuestra propia manera de vivir; después, transformando nuestra relación con el lugar que habitamos; y, finalmente, asumiendo nuestra responsabilidad frente al planeta.

Puchero de habas de Siscarri

Hay una idea que siempre me acompaña:

Lo que pongo en la vida es lo que me llevo.

Si siembras únicamente para ti, poco recogerás. Si siembras pensando en el colectivo, en quienes vendrán después y en el devenir del planeta, quizá la memoria de la Tierra termine devolviéndote un fruto mucho más valioso.

El modelo de vida que hemos llamado progreso está dejando a la humanidad sin alma. Un modelo social basado en producir y crecer sin medida, muchas veces sin principios y sin valores, nos ha hecho olvidar que no todo aquello que podemos hacer significa necesariamente que debamos hacerlo.

La Tierra no es propiedad de nadie.

La Tierra es un bien que el Creador ha puesto al servicio de los seres humanos y, por tanto, nuestra relación con ella debería ser, ante todo, una cuestión de compromiso, respeto y responsabilidad.

Hoy la humanidad se encuentra ante una verdadera transformación. Necesitamos adaptarnos a una nueva etapa en la que la agricultura tendrá que reinventarse para seguir alimentando a todos los seres humanos que habitan el planeta.

Judía del Pilar de Ateca con trufa de verano

Necesitamos aprender a utilizar mejor los recursos, avanzar hacia una alimentación sostenible que proteja nuestro planeta azul y recuperar algo que nunca deberíamos haber perdido: el gusto como forma de satisfacción, de cultura y de encuentro, y no simplemente el acto de alimentarnos para llenar el estómago sin criterio.

Hoy los valores parecen haber quedado relegados a un segundo plano.

El desorden que existe en el planeta es también consecuencia de nuestro empeño por controlar y dominar desde una mirada individual e interesada.

La vida necesita ecosistemas diversos. El mosaico de la naturaleza puede ser diferente, variado y sorprendente, porque el Creador se expresa de muchas maneras.

Pero cuando rompemos ese equilibrio con el único propósito de especular, dominar o acumular, el desequilibrio aparece. Y cuando desaparece el equilibrio, tarde o temprano llegan los problemas.

Frente a esta situación, necesitamos adoptar una posición firme y, al mismo tiempo, profundamente humana: buscar juntos la solución.

Tristemente, hoy la posición de la humanidad está demasiado manipulada y empobrecida por la mediocridad de una cultura y de una educación que, en demasiadas ocasiones, han dejado de enseñarnos a ser personas para enseñarnos únicamente a competir.

¿Dónde están las personas de corazón?

Decir a nuestros jóvenes en las escuelas que tienen que ser los mejores, que deben competir sin límites, sin principios y sin valores; enseñarles que en la vida solo existe el «tú o yo», es quizá una de las verdaderas gangrenas de nuestra sociedad.

Pensar que todo en la vida debe estar condicionado por el dinero es una manera muy pobre de entender la existencia.

Nos pertenecen los bienes de Sijena, pero también nos pertenece nuestra diversidad hortícola, y demasiadas veces la hemos abandonado.

Antes, como sociedad, teníamos varios planes, varias alternativas, diferentes caminos. Hoy, en cambio, parece que lo fiamos todo a una sola carta.

Estamos sujetos y encadenados a lo que nos dan de comer, a lo que nos dictan, a lo que nos quieren mostrar y, después, todavía creemos que somos libres.

La agricultura local tiene un papel capital en todo esto.

Todos los seres humanos comemos todos los días de nuestra vida y varias veces al día. Cada bocado que llevamos a nuestra boca es fruto del trabajo de otras personas y de una relación profunda entre la tierra y quienes la cultivan.

Detrás de cada alimento existe una historia. Existe una tierra, una semilla, un animal o un vegetal, unas manos que trabajan, unos conocimientos transmitidos y una cadena de relaciones que hace posible que aquello llegue finalmente a nuestra mesa.

Por eso, cada decisión cuenta.

Cada gesto.
Cada compra.
Cada pensamiento.
Cada alimento que elegimos.

Todo puede convertirse en un acto de compromiso con la vida, con el planeta, con nuestra salud, con el oficio de agricultor y con la defensa de un precio justo.

Huevos Tota Pulchra de Huesca

Por ello, dedica unos minutos a preguntarte:

¿Qué voy a comprar?
¿Dónde lo voy a comprar?
¿Quién lo ha producido?
¿Y qué impacto tiene mi decisión sobre el planeta?

Quizá no podamos cambiar el mundo de un día para otro. Pero sí podemos cambiar aquello que está en nuestras manos. Podemos empezar por nuestra mesa. Podemos empezar por nuestra forma de comprar. Podemos empezar por nuestra manera de relacionarnos con la tierra. Y, sobre todo, podemos empezar por nosotros mismos.

Cambiando el hábito de comer, cambiamos el mundo.


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